Última actualización: Marzo 29, 2011 12:54
El Carmen de Patagones, asentado a horcajadas sobre la gran corriente fluvial rionegrina, vivió largos años en plena soledad. Pero a pesar de ello tuvo momentos de grandes urgencias, de tremendas responsabilidades, tales los vividos en el año 1827 cuando supo enfrentar y vencer una bien organizada expedición brasileña integrada por hombres bajo el mando del capitán de fragata inglés James Shepherd.
Desde diciembre de 1825 Argentina se hallaba en guerra con el Imperio del Brasil. El derecho de pertenencia del territorio actualmente uruguayo había provocado el conflicto.
A raíz del bloqueo del puerto de Buenos Aires por la escuadra imperial, el apostadero naval rionegrino se había transformado en el seguro refugio de nuestros corsarios que atacaban valientemente el poderío naval enemigo.
Cañoneros
El botín de guerra, los negros esclavos arrancados a los veleros que se dedicaban a tan infame tráfico, los prisioneros, todo era desembarcado en Patagones, lo que dio origen a una activación inusitada en la vida maragata de aquel entonces. La riqueza llegó a la zona y las familias hasta ese momento de vivir sencillo, aldeano, conocieron el lujo traducido en muebles finísimos, porcelanas, tapices, pianos, sedas, encajes, en fin, todo un mundo de "Las mil y una noches" que trastocó el clima apacible y monótono del último pueblo de la tierra, como alguna vez se le llamó a Carmen de Patagones.
Brasil se sintió herido profundamente en sus intereses por el éxito del ataque de los corsarios a su comercio marítimo y con el fin de arrasar batería y población del punto que había alcanzado a asumir tan importante papel en la guerra, resolvió enviar una poderosa escuadra al río Negro.
Cuatro naves forzaron la barra. Una de ellas varó y se hundió pocos días después. Desde la batería de la boca se hostilizó a la fuerza invasora; pero sin resultado, dado la escasez de municiones. En esta acción los criollos perdieron dos soldados de la infantería negra del coronel Felipe Pereyra y un oficial corsario, el valiente Fiorián, “a quien su bravura condujo a una muerte gloriosa”.
Durante siete días los imperiales actuaron con demora y desorganización, dando tiempo a Patagones a organizarse y a poner al fuerte en estado de defensa.
El 6 de marzo, a las 21, los brasileños echaron a tierra un grupo explorador a legua y media de la batería de la boca. Luego de un reconocimiento de la zona, el citado grupo se repliega hacia la costa donde permanecía embarcado el grueso de la expedición. Se supone que desde las 23, aproximadamente, los brasileños realizan las tareas de desembarco de una columna de infantería que tendría por misión atacar el fuerte de Patagones. Después de las dos de la madrugada del día 7, dicha columna de infantería emprende la marcha en dirección al Carmen. Al principio mal conducida por su baquiano, se pierde en el monte, mas luego, retomando buen camino, aparece sobre el Cerro de la Caballada al amanecer.
Carmen de Patagones esperaba a pie firme al invasor. En el monte, el subteniente mendocino don Sebastián Olivera y sus 80 milicianos (chacareros, hacendados, artesanos y comerciantes, más los gauchos del baquiano José Luis Molina); en el río, los corsarios Jaime Harris, Soulin y Dautant y sus tripulaciones bajo las ordenes del comandante Santiago Jorge Bynon y en el fuerte las mujeres, los niños y los viejos junto a la infantería negra del coronel Pereyra. dispuestos a todos vender cara la vida y a defender hasta la última gota de sangre el honor de la nación.
Carmen de Patagones era, hacia 1827, una pequeña aldea de alrededor de novecientos habitantes enclavada en pleno territorio tehuelche. Luego de años de infortunio, sus pobladores habían logrado una relativa prosperidad gracias a la explotación de las salinas que abastecían a los saladeros rioplatenses y a los que aquí se instalaron. Estos impulsaron la expansión de la ganadería local mientras que el incremento del tráfico marítimo brindó mercados a la producción triguera.
Entre 1825 y 1827, Patagones se vio envuelto en la guerra entre nuestro país y el Imperio del Brasil por la posesión del actual territorio uruguayo. El bloqueo del puerto de Buenos Aires por el enemigo hizo de Patagones un puerto de corsarios a donde éstos conducían a los barcos mercantes brasileños apresados con mercancías de todo tipo y esclavos africanos. El enorme daño que se le infligía a la economía del Imperio indujo a Pedro I a arrasar el Carmen.
En 1826 los maragatos recibieron dos malas noticias: la inminencia de la invasión brasileña y la imposibilidad del gobierno central de enviar refuerzos militares. La angustia se apoderó de la población, pero el coraje y el amor a su tierra pudieron más y aquí se quedaron derrotando su propio temor.
Finalmente, en la madrugada del 7 de marzo los invasores desembarcaron alrededor de 400 infantes que emprendieron una fatigosa marcha de tres leguas por el monte cerrado. La mitad de esta tropa veterana eran mercenarios ingleses como lo era su comandante el capitán James Shepherd.
Cuando el sol asomaba en el horizonte, el enemigo coronaba el cerro de la Caballada. Pero Patagones estaba preparado. En el cerro estaban el subteniente Olivera con ciento veinte jinetes, la mayoría de los cuales eran civiles: chacareros, hacendados, peones, artesanos y comerciantes, además de los gauchos del baquiano José Luis Molina. En el río, los corsarios Harris, Soulin y Dautant y sus tripulaciones, bajo las órdenes del comandante Santiago Jorge Bynon; en el Fuerte, las mujeres y los viejos junto a la infantería africana.
Los jinetes maragatos descargaron sus fusiles e hirieron de muerte al capitán Shepherd. La columna enemiga, agotada, sedienta y sin conductor, comenzó a retroceder buscando el río, pero la caballería de Olivera la arrolló encerrándola entre el río y el monte, envuelto en llamas por la astucia de Molina. A todo galope, un combatiente patriota de diecisiete años, Marcelino Crespo, entró al pueblo por la calle que hoy lleva su nombre gritando la victoria.
Acto seguido, Bynon dirigió el asalto a las naves imperiales, el que concluyó entrada la noche con el arriado del pabellón de la corbeta Itaparica.
Dos de las banderas arrebatadas al invasor que aún se conservan en el templo parroquial dan cuenta del temple de un pueblo altivo que fue capaz de valerse por sí mismo en una circunstancia tan difícil.
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