Última actualización: Noviembre 24, 2010 11:23

Cmte. Don Luis Piedra Buena

Extraído de: COMANDANTE PIEDRA BUENA, DEFENSOR DE LA SOBERANÍA AUSTRAL Departamento de Estudios Históricos Navales – Armada Argentina - 1987

Islas de los Estados, Tierras de Graham, Isla Pavón, Tierra del Fuego, Angosturas del Magallanes, Punta Arenas, Cabo de Hornos, jalones todos de proezas náuticas. Fue éste un marino argentino; se llamó Luis Piedra Buena, sencillo, trabajador, honrado y su vida es hoy la mejor página del patriotismo en la Historia de los mares australes de la república.

Cmte. Don Luis Piedra Buena

Miguel Luís Piedra Buena fue hijo de don Miguel Piedra Buena, Santafecino y de doña Vicenta Rodríguez, Nació el 24 de agosto de 1.833, en Carmen de Patagones, que diez años antes Rivadavia había provisto de escuela, sistema lancasteriano y libros. En tales lejanas y agrestes regiones transcurrió la infancia; que según todos los biógrafos están contestes en exponer, se manifestó como la de un discípulo modelo, inteligente y jovial, que llegó a la adolescencia entusiasmado con la fabricación de barquichuelos y las correrías furtivas al río, en donde con débil batel e improvisado aparejo se lanzaba aguas abajo, y esperaba luego días enteros a que fuera favorable el viento para regresar al lado de los suyos, angustiados por la ausencia. Así lo encontró cierto día, para salvarle la vida, el Capitán Lemon a veinte millas de la costa tripulante de una débil balsa hecha con ramas de guindo.

El episodio fue definitivo. A partir desde este instante Piedra Buena perteneció al mundo, y su escuela fue la vida. El Capitán Lemon lo llevó a Patagones, obtuvo permiso de los padres, y lo incorporó como grumete de su barco, el cual zarpó hacia Buenos Aires. El espíritu del joven grumete rechazó el despotismo con que se manifestaba el capitán Lemon, éste tampoco simpatizaba con el joven, y lo desembarcó en el puerto de destino. Piedra Buena, encontró en la oportunidad a James Harris, un viejo amigo de su padre, quien para perfeccionarle los conocimientos lo colocó en una escuela y lo envió luego de regreso a Patagones. De nuevo en el panorama familiar siguió el joven sus aventuras en un pequeño cúter; navegó el río Negro, cruzó la barra y llegó a Bahía Rosas.

Por estos días trabó amistad con el Capitán W.H. Smiley, apodado el cónsul, norteamericano de nacionalidad, y viejo lobo de mar, a cuyo lado Piedra Buena templó el carácter y aprendió a la perfección su faena marinera de acuerdo con la decisión de sus padres.

Smiley fue el maestro y bien pronto llegaron las lecciones a bordo del John E. Davinson. Por segunda vez embarcado en 1847, en Julio del año siguiente, daba fondo en las Islas Malvinas a fin de lograr víveres frescos, continuar la travesía al Cabo de Hornos, arribar en agosto a los 68º de latitud sur para cazar ballenas bajo la pericia de Smiley y regresar a Patagones al cabo de un año de pesca por los mares del sur. El 1849 Smiley fue con provisiones para los misioneros ingleses desde Montevideo a Tierra del Fuego, y en tal ocasión designó segundo oficial al grumete Piedra Buena. Encontrándose en Diciembre de ese año en la isla de los Estados la marea trae a la playa los restos de un barco, el joven oficial salió mar afuera y regresó con catorce náufragos rescatados de una muerte segura. Siempre atareado ve correr el tiempo. En 1850 designado por su capitán amigo, y maestro, primer oficial de la goleta Zerabia carga ganado lanar y vacuno para las islas Malvinas, y durante varios meses Smiley confíale el barco con el cual recorre la Isla de los Estados y Tierra del Fuego. Siente la seducción de las tormentas y los peligros y llega hasta la Tierra de Graham; caza focas y lobos marinos "de dos pelos"; toca Cabo Vírgenes y la Isla de Chiloé; surca los canales de Tierra del Fuego; conoce a los indios del lugar, y en lonas blancas marineras pinta los colores nacionales y les obsequia una bandera argentina. Esta haciendo patria, no será la última vez. Las nieves aprisionan a la goleta por espacio de un mes, y allí se cierra la primera gran jornada de las peripecias australes. El argonauta se está integrando para actuar en plenitud.

Smiley es amigo y hábil mentor. A bordo de San Martín un brick argentino, llevó a Piedra Buena a los Estados Unidos en 1854 a efectos de que pudiera perfeccionar sus conocimientos en una escuela de náutica. La estada en Nueva York dilató sus conocimientos y adiestró sus facultades. Visitó el comercio, observó la industria; aprendió a arreglar pesadas piezas de motores, aserró madera, y adquirió la habilidad de componer relojes. Producto de este aprendizaje fue el pentágrafo de su invención que obsequió un día al viajero y explorador Musters y el transportador que empleaba en la confección de sus planos. Estudió y viaja. A bordo de la corbeta Merriman que comandaba Smiley toco los puertos meridionales de Norteamérica, navegó el golfo de México, estuvo en Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo y Haití. Un día, mentor y alumno enfilan la proa de la goleta Nancy hacia América meridional y desde el puerto de Nueva York van a fondear a la Isla de los Estados.

Piedra Buena ha recobrado el paisaje. De nuevo en los mares encrespados del sur; otra vez enfrentando las tormentas y otra vez salvando náufragos. En los arrecifes del lugar auxilia en la ocasión veinticuatro vidas que estaban a merced del temporal; pocos meses después, a bordo de la goleta Manuelita que le había cedido Smiley, rescata a la muerte en Punta Ninfas la tripulación de la Dolphin, una barca ballenera norteamericana. Cumplidos estos humanitarios trabajos llega a Tierra del Fuego, a las Islas Malvinas y a la Isla de los Estados, de regreso remonta el río Santa Cruz y llega a una de sus más dilatadas islas, que en esos singulares instantes históricos de 1859, decide denominarla Pavón.

La isla Pavón constituye para Piedra Buena una entidad espiritual, consustanciada en su vida de lobo de mar como estuvieron mas tarde las Salinas, o aquellos sus barcos hazañosos, el Espora y el Cabo de Hornos. La isla en el río Santa Cruz le ha sido cedida por el gobierno, y trata de formar allí un reducto nacional que penetre en el sentimiento indígena. El explorador Inglés Musters que de regreso de las Malvinas estuvo en el lugar en 1869, ha dejado una narración animada de sus observaciones. "La colonia o factoría de Santa Cruz- expresa -, se compone sólo de tres casas, construidas en la isla indicada con el nombre de "Isla del medio" en la carta de Fitz-Roy". Después de hacer algunas consideraciones sobre la casa principal hecha de ladrillo y tejas con portal defendido por un cañón, agrega: "Esta defendida, además, por una empalizada sobre la que ondea la bandera argentina y detrás de la cual hay un foso que se llena de agua Don Luis había importado un pequeño de vacas y también algunos cerdos, pero como por fuerza se les tenía que dejar pastar en la tierra firme, esos animales habían andado vagando convirtiéndose en baguales".

Piedra Buena ha hecho de los mares australes su lugar habitual de operaciones; costas, cabos, bahías y arrecifes le son familiares en la temeridad de su cometido. Por esos mares navega y seguir navegando, pero advierte que le hace falta un barco propio; suyo; en ese año de 1860 le compra a su viejo mentor y amigo Smiley el Nancy, que procede a armarlo para defender el territorio y las costas del Sur patagónico, en tanto continúa salvando vidas como aquellas del bergantín Taller frente a la isla de Año Nuevo, cuyos tripulantes simulando bandera, resultaron ser vulgares aventureros alzados contra el protector circunstancial.

Penetrado de un sentimiento de contenido nacional, construye en 1862 en la Isla de los Estados un pequeño refugio al cuidado de los hombres de su tripulación, y alza la bandera nacional. Sin pausas en su propósito, en tanto se dedica a cazar focas, frecuenta los canales de San Gabriel, Santa Bárbara y Beagle; explora las islas Wollaston, Ermita, Falso y Cabo de Hornos, que denominó Cabo Tormentas.

En uno de sus largos viajes arriba en 1863 a la Bahía San Gregorio, traba amistad con el cacique Biguá, trae a Buenos Aires, lo pone en presencia del gobierno nacional, y éste lo designa: cacique de San Gregorio. La finalidad está cumplida: prolongar la patria; Piedra Buena que siempre tiene banderas con los colores de la patria; le obsequia a Biguá la que flameaba a bordo de su barco, que para que fuera m s suyo dejó de llamarse Nancy para ostentar el de Europa, honrando de tal manera la memoria de un bravo jefe de nuestra marina de guerra.

Este hábil y curtido argonauta de mares y de vientos espera que algún día alguien advierta tanta silenciosa y oscura abnegación. El Gobierno nacional desempeñado por el general Mitre premia sus esfuerzos. El 2 de diciembre de 1864 le entrega los despachos de "Capitán honorario sin sueldo", que le autoriza a proseguir en su barco asegurando la soberanía nacional. Consecuente con este propósito, expande sus posibilidades, adquiere el pailebote Julia y dos años mas tarde agrega en Punta Arenas el bergantín Carlitos bastante dañado al transportar carbón a Montevideo en una travesía ulterior. Con el Espora y la Julia se dedica a la caza de lobos y elefantes marinos; navega nuevamente el río Santa Cruz, y bajo su dirección, J. Gardiner procede a levantar un plano del río hasta sus nacientes como consecuencia de la expedición terrestre, que llegó al descubrimiento del lago Argentino.

Contaba a la sazón treinta y cinco años de edad cuando en agosto de 1868 contrajo matrimonio en Buenos Aires con Julia M. Dufour; y como hombre de mar, su luna de miel fue una luna marinera a bordo del Espora que enfiló hacia el sur, llegó hasta la Isla de los Estados, y de recalada en la Isla Pavón dio oportunidad de ir habitar el lugar por algún tiempo. Nadie mejor que la joven esposa en diario de viaje ha traducido las alternativas de aquel arribo a la isla "Al desembarcar- escribe - fuimos recibidos con muestra del mas ardiente júbilo por los marineros que Luis había dejado para custodia de la bandera y para plantel de la colonia. En la playa nos esperaban dando fuertes y extraños gritos una turba de indios cuya presencia me causaba cierto temor. Cuando pusimos pies en la playa, Luis me presentó al mas anciano de los indios, el que hablaba un poco de castellano; a un grito de éste empezaron las indias a rodearme, y después de una porción de ceremonias llenas de bruscas piruetas, que me hubieran hecho reír de buena gana a no estar mínimo fuertemente impresionado a la vista de aquellos míseros seres que parecían abandonados de la mano de Dios, entonaron una canto tanto o mas salvaje que la perspectiva del panorama..." Presa de encontrados sentimientos, no trepida en consignar: " Que triste esta Tierra" Lo único que alegró mi alma fue la blanca casita que se destacaba en el centro de la isla, como una gaviota reposada sobre las aguas de un mar tranquilo y al ver la bandera de mi patria que ondeaba en lo alto de un palo enfrente de la casita no pude contener algunas lágrimas de alegría y gratitud.

Constante en la vigilancia de los mares del sur los vuelve a navegar en 1868. Deja a su esposa en Punta Arenas, fondea en Malvinas, donde compra ganado vacuno para la Isla Pavón ; toca la Isla de los Estados y arriba al puerto de Brasil Hall, donde desembarca tres de sus hombres al mando de Gardiner, a fin de que construyan un albergue para auxiliar a los náufragos. Cumplida esta parte de su cometido consecuente con la sugestión del capitán del barco de guerra inglés Nassans, Mr. Mayne, en el sentido de colocar en la Bahía de San Gregorio una baliza en el Cabo Vírgenes, bajó a Buenos Aires para informar al gobierno sobre la conveniencia de la medida y requerir a la vez el material necesario para un observatorio asistido por una guardia de unos veinte hombres. Todo el material fue embarcado, pero Piedra Buena no pudo obtener la pequeña fuerza que con reiteración solicitaba al Presidente Sarmiento. Cansado de esperar, sin recibir "remuneración alguna", el 26 de Octubre puso proa hacia el lejano sur y llegó el 17 de marzo de 1869 a la costa opuesta del Cabo Vírgenes no pudiendo abordar a éste para descargar la baliza, debido al temporal. Sin posibilidades inmediatas se dirigió entonces hasta

Punta Arenas, donde el gobernador Chileno don Oscar Viel le hizo entender, que se abstuviese de cumplir sus propósitos, que debía esperarse la decisión del arbitraje y que en caso distinto, él impediría la realización de aquel intento. Dolorido por el desenlace del episodio, no pudo dejar de escribir: "Estos sacrificios no sé dónde me conducirán. Yo no aspiro a nada, sólo quiero tener en mi conciencia la satisfacción de haber cumplido como el más honrado de los argentinos...".

Desencantado pero no vencido, sigue vigilando los límites de la patria en las regiones australes. Refuerza la Isla Pavón; va a Punta Arenas a buscar a su esposa, llega a Río Negro, baja a Buenos Aires, y encargado de enseres recala un día de 1870 en Puerto Arenas donde establece un almacén naval, en tanto el Espora es comandado por su joven cuñado Pedro Dufour. Allí está como un vigía adelantado que algo cela, pero el gobernador chileno le solicita sus servicios para que en Tierra del Fuego recoja los náufragos del bergantín Trepont, muchos de los cuales han perecido en manos de los indios. Piedra Buena baja la guardia; responde "Esta clase de servicios no tengo inconvenientes de prestarlos..." pide un buque equipado, y marcha a cumplir el reclamo humanitario que iba a ofrecerse cuajado de peripecias. El arrojo cobra caracteres de epopeya, y Piedra Buena en un bote se lanza con los suyos a cruzar el estrecho. Azotados por la tormenta desesperan poder salvarse, cuando un barco inglés se atraviesa prestándoles ayuda y los lleva a Punta Arenas.

Con el correr del tiempo la situación en el lugar se tornó cada día menos cómoda, y es entonces cuando decide marcharse a la Isla de los Estados donde la caza abundante de lobos marino facilita la instalación de una fábrica de aceite. Tomada la resolución, en marzo de 1873, emprendió viaje en el Espora; después de siete días de navegación llegó al lugar y al cerrar la noche una fuerte tormenta azotó el barco cuyas bodegas bien pronto se anegaron, en tanto dos profundos rumbos castigaban los flancos. Piedra Buena siempre decidido, dando el ejemplo en la adversidad permaneció firme en el timón. Corrieron interminables las horas y la tormenta no cejó en sus arremetidas furiosas, hasta que un golpe de ola abatió al barco contra los peñascos determinando lanzarse con sus compañeros al mar en una balsa. Se salvaron milagrosamente y en la vecina playa al fondo de la bahía aparecieron los restos del Espora no vencido para siempre, pues con sus restos levantaron en el lugar un refugio y se pusieron con ingenio a construir un pequeño cúter denominado Luisito, destinado a navegar hasta el estrecho de Magallanes. Setenta y dos días duró aquella artesanía naviera; embarcados navegaron once días y recalaron en Punta Arenas, desde allí partieron a la Isla de los Estados en cuyos mares salvaron a los náufragos del Eagle y al Doctor Hansen.

Fue entonces cuando Mr. Reynard, súbito Inglés escribió sobre este singular marino de tormentas: " Cuántos buques ha salvado- Son tantos que ni él mismo lo recuerda; -Cuántos fueron los náufragos que lleva arrancados de las olas en ese abismo que todo oculta -; es cosa que sorprende y causa verdadera admiración. Sin temor de equivocarnos, los que lleva salvados pueden contarse ya por centenares; y para dar una idea de frecuencia con que efectúa aquellos actos de los de más alta humanidad, diremos que en el transcurso de los últimos diez meses lleva ya salvados tres tripulaciones”.

El Gobierno alemán premió el acto de arrojo que conservó la vida del Dr. Hansen enviándole al marino criollo un magnífico anteojo- telescopio contenido en un estuche cuya plaqueta de plata rezaba: "Nosotros Guillermo, por la Gracia de Dios Emperador de Alemania y Rey de Prusia: Concedemos esta caja como recuerdo de gratitud al Capitán D. Luís Piedra Buena, del buque argentino Luisito, por los servicios prestados en el salvamento de la tripulación del Dr. Hansen naufragado en octubre de 1874".

Poseedor de un vasto registro de conocimientos relacionados con las costas del Sur Patagónico, resultó un colocador eficaz en el asesoramiento de las cuestiones de límites con Chile en 1874. El Dr. Don Félix Frías, nuestro ministro a la sazón en el país hermano, consideró más importante sus informes, y le escribió en la emergencia: "...me convendría que hiciese Ud. un viaje hasta aquí para darme datos verbales sobre esos lugares. Si se decide hacerlo, avíseme para pedir a mi gobierno los recursos que Ud. pueda precisar para el viaje. Piedra Buena, humanitario y noble, ahora sin barco y sin recursos, como patriota de alto temple, respondió: "Tan pronto como sea posible estaré a su lado para ponerme, en todo lo que valga, a sus órdenes.

Haré‚ el viaje en el primer buque que salga para ésa. No pida nada al Gobierno para los gastos de viaje, pues no quiero que esta clase de servicios se me paguen..." Transcurridos algunos días, el Dr. Frías escribíale para que suspendiera el viaje hasta nuevo aviso, y mientras tanto le enviara a la brevedad "todos los datos posibles sobre la Patagonia Austral, Tierra del Fuego e islas adyacentes." Inmediatamente marchó el informe requerido, y Frías le escribió: "Estoy muy contento de su importante trabajo. El ha venido a prestarme un gran servicio, servicio que yo tendré siempre presente; para añadirlo a los muchos que le debe la patria. Hombres patriotas puros como Ud. tarde o temprano tienen su recompensa; lo que yo le ofrezco es mi amistad y a mi vez quisiera tener el orgullo de disfrutar de la suya". Pero un día de 1875 se realizó el viaje, y Piedra Buena bajó a Buenos Aires y mantuvo largas y apasionadas conferencias con el doctor Frías, sobre nuestros derechos en los mares australes. El joven marino Cándido Eyroa- el auténtico y mejor biógrafo de Piedra Buena- que asistía por estos días al coloquio de estos dos animados expositores, tenía escrito: "Jamás se borrará de nuestra memoria del cuadro entusiasmado que formaban en la modesta sala del Cabo de los mares del Sud, el ilustre hombre de gabinete y el sencillo hijo de mar argentino.

Cmte. Don Luis Piedra Buena

Frías le había escrito un día: "Hombre patriotas puros como Ud. tarde o temprano tiene su recompensa", y ésta en 1876 dejó ver su rostro. Convencido el gobierno nacional de mantener una comunicación constante con las costas del lejano sur como de asegurar el dominio del estado en poblaciones desvinculadas entre sí, le asignó a Piedra Buena una subvención para que, con un barco bajo su mando, pudiera prestar aquel servicio. Auxiliado por su pariente Richmond el viejo lobo de mar adquirió la goleta Santa Cruz de ciento cincuenta y siete toneladas y realizó la travesía, tocando Chubut, Deseado y Santa Cruz, llevando a bordo en la emergencia al joven, y después sabio explorador Francisco P. Moreno que efectuaba una expedición a la región de los lagos con el subteniente Moyano. De regreso de este viaje, Avellaneda premia sus servicios y le extiende los despachos de Sargento Mayor con grado de Teniente Coronel el 17 de Abril de 1878. Había penetrado por su esforzado tesón en el escalafón militar.

La intervención militar no tardó en llegar. Aprisionada la barca guanera americana Devonshire en Santa Cruz, Jurisdicción argentina, por la Magallanes, y llevada a Punta Arenas, el sentimiento nacional lesionado se irguió desafiante. La vieja escuadra fluvial argentina de Sarmiento fue alistada y colocada bajo el mando del coronel Luis Py, el valiente del Combate de Cuevas a bordo del Guardia Nacional. A esta cita de honor no faltó Piedra Buena. Colocando como comandante de la Cabo de Hornos y llevando de segundo al capitán Martín Rivadavia, siguió de lejos a la escuadra la cual llegó a Santa Cruz y encontró la ría desierta de naves extranjeras. No por distanciada del grueso de la escuadra fue menos eficaz la actuación de la Cabo de Hornos; fue portadora de hombres, carbón y víveres, siendo la encargada de llevar la noticia al Sur, de la expedición contra los indios iniciada por el general Roca.

Cuando los ánimos cobrarán serenidad y la cuestión de límites giró hacia el Pacífico, la Cabo de Hornos regresó a Buenos Aires y fondeada en la Boca la honrosa tarea docente de formar aprendices marineros; la primera dotación contó con treinta alumnos, y así continuó por espacio de cuatro años. No obstante tener asignada esta misión, en 1882 fue afectado con su barco a realizar con el auspicio del Instituto Geográfico Argentino la expedición científica a la Patagonia meridional colocada bajo la dirección del marino Italiano Giácomo Bove, uno de los integrantes de la reciente travesía del Ártico por el explorador Nordenskjold. El viaje tuvo una duración de ocho meses y reconoció como centro principal de observación la Isla de los Estados de propiedad del comandante de la Cabo de Hornos. Los trabajos continuaron luego en el canal de Beagle y cuando la expedición terminó, no sin que ocurrieran algunas desinteligencias producidas en su desarrollo. Los beneficios fueron sensibles; al cabo de dos años fue levantado un faro en la Isla de los Estados y se crearon delegaciones y Subprefectura en los puertos del Sur. La sociedad Geográfica Argentina acordó sendas medallas de oro al explorador Italiano y al marino criollo.

La hora del reconocimiento, lenta pero segura había llegado. El 8 de Noviembre de 1882 el general Roca le confirió el grado efectivo de teniente coronel de la marina de guerra, y el Centro Naval le otorgó el diploma de socio honorario. Con tales estímulos, se prestaba a una nueva travesía a la Isla de los Estados a bordo de la Cabo de Hornos a fin de determinar "los faros que reclama- decía el informe- la navegación del Lemaire". De tales afanes se encontraba embargado su espíritu cuando de pronto se sintió gravemente enfermo. Todo esfuerzo fue vano a partir desde este instante; el 10 de agosto de 1883 le sorprendió la muerte. El "petrel de tormenta" volvía a la playa de donde había partido.

La tripulación de la Cabo de Hornos y un batallón de marinería acompaño al abatido lobo de mar y guardián de nuestra soberanía a su última morada. Los periódicos de la época elogiaron sus méritos y un barco de la flota de guerra comandado por Eyroa- su biógrafo- llevó fugazmente su nombre, que llena hoy una página brillante de la marina nacional, pues ninguno antes que él supo hasta dónde el sur atlántico era argentino.

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